* Puntos de vista


Paisajes y Puntos de vista

"Pepe Cerdá. Paisajes", 2007. "Pepe Cerdá. Puntos de vista", 2006

23 Fotos

 

Pepe Cerdá. Puntos de vista

Zaragoza, Sala CAI Luzán, 25 enero - 23 febrero de 2006.

¡Cuarenta y cuatro! ¿Se dice pronto…!

puntos_02Sí, esta es la cuadragesimocuarta exposición individual que realizo. Ahora que el número de exposiciones ya alcanza al de mi edad, creo que ya he dejado de ser eso que se ha venido en llamar (casi como categoría o fenotipo) un pintor joven. ¡Justo cuando empezaba a hacerme ilusión! Así es la vida…

Una de las cuestiones que caracterizan a nuestros tiempos es la prolongación de la adolescencia hasta límites casi cómicos. Nuestros padres, que eran ya adultos y hombres hechos y derechos a los dieciséis años, ven atónitos como se alarga la “preparación” de sus hijos hasta -en el mejor de los casos- la treintena, y como el acceso a la madurez se dilata cada día más.

Algo de esto ha pasado en el mundo del arte. En las becas destinadas a los “artistas jóvenes” es habitual encontrar una cláusula que indica que se pueden presentar los que tengan menos de cuarenta años. Por lo que se puede deducir que es a partir de esa edad cuando el artista ya puede considerarse “maduro”. Casi siempre que leo estas cláusulas pienso en la edad en que fallecieron pintores como Fortuny o Rafael. La cosa no deja de tener gracia, pero así están las cosas ahora.

Esta es, pues, la primera exposición que desde la madurez presento en mi ciudad, en Zaragoza. Entiendo que la madurez es, antes que nada, un proceso de simplificación, de verle “las orejas al lobo”, de tener íntima constancia de que el tiempo (el de uno) es finito; que la inagotable eternidad que significaba el futuro en la adolescencia se ha convertido en fugaz tiempo presente. Y que, por lo tanto, las cosas que uno desea hacer han de hacerse inmediatamente.

puntos_03Hace ya mucho tiempo que deseaba pintar las fugaces imágenes que veía cuando paseaba, o viajaba en coche, esas que hacen que el tiempo se detenga un instante. Pero no encontraba ni el momento ni la justificación para hacerlo. Las pintaba, pero mentalmente. Me entretenía en imaginar la mezcla de los colores necesarios para conseguir los tonos que imitasen lo que estaba viendo. Pero eso era todo. Ya que para mí, hasta hace un tiempo, era imprescindible tener una razón, saber por qué, antes de comenzar a hacer. Y nunca encontré la razón para hacerlo.

Hoy sigo sin encontrarla, pero ya me da igual. Sólo deseaba hacerlo, y lo he hecho.

Dicho esto, como los catálogos quedan muy feos sin un texto un poco más largo, de presentación, van algunas reflexiones al respecto.

Considero que la pintura es un modo (como otro cualquiera) de ser hombre, que algunos ejercitamos, y que el fin último de los artistas visuales es imponer (en el mejor de los sentidos y amablemente) a los otros su modo de ver a través de sus obras.

Esta exposición es un conjunto de “puntos de vista” elegidos en mis paseos por los alrededores de la casa en la que vivo, en Villamayor, o en cortas excursiones por mi región. Los cuadros son deliberadamente grandes, para que abarquen el campo visual del espectador, para intentar reproducir la impresión que las imágenes que figuran me produjeron en su día.

Las imágenes que representan fueron elegidas atendiendo únicamente a la irracional emoción que me produjeron al ser observadas. Después, al traducirlas a pintura, mi única preocupación ha sido intentar mantener la tensión necesaria para transmitir lo inexplicable, lo intransmisible.

Es casi seguro que he fracasado en este intento: lo asumo de antemano. En cualquier caso esto es tan asunto del espectador como mío, y aún es pronto para saberlo. para mí, en todo lo humano, son tan importantes la intención, el posicionamiento y el rumbo elegido como el resultado. Es más, no puedo ver éste sin la perspectiva que me dan aquellos.

puntos_01Los cuadros de esta exposición representan paisajes y están pintados por mí en el año 2005. Esta aparente perogrullada es, no obstante, toda una declaración de principios. Quiere significar que, si bien la vigencia de la pintura lleva poniéndose sistemáticamente en duda durante los últimos cincuenta años, sigo creyendo que es un método eficaz para la transmisión de emociones, experiencias y conceptos.

Pintar en la tercera -¿o en la cuarta?- revolución industrial, conviviendo con las nuevas tecnologías aplicadas a la imagen, con el desarrollo del cine y de la fotografía, es , cuanto menos, un acto de afirmación individual. Volver a contar con medios atávicos lo de siempre, una y otra vez, me parece un acto legítimo, moderno y consecuente.

El hombre no ha cambiado tanto como nos quieren hacer creer las nuevas tecnologías. No dejamos de ser, en esencia, unos monos con traje, aunque aporreemos las teclas de un ordenador o nos creamos muy importantes por poner el culo en un Mercedes.

Creo que el hombre de hoy debería de estar más -o por lo menos tan- orgulloso de su memoria que de su porvenir, al contrario de lo que se  empeñan en recordarnos desde todos los sitios. No acato la idea de que sólo lo nuevo es mejor y de que el arte, o participa de lo nuevo, o no es arte.

Pintar paisajes significa, por otra parte, atender a dos grandes cuestiones que se han hecho últimamente antagónicas: lo pintoresco y lo sublime.

Cuando se circula en coche por un paraje que al Estado le parece bello, lo indica con una señal informativa de tráfico que significa, precisamente, “paraje pintoresco”. Suele haber allí un espacio para aparcar el coche y poder deleitarse con la observación, al tiempo que se estiran las piernas y se vacían los ceniceros y las vejigas.

puntos_titEl icono de esta señal, curiosamente, es una antigua máquina fotográfica de las de fuelle. Esto, en sí mismo, comprende como mínimo tres faltas de ortografía semióticas: la de la época (el modelo de cámara es obsoleto y sin significado), la de la moda (ahora son digitales) y la de la moral (lo pintoresco es lo susceptible de ser pintado, no fotografiado, bien sea por su tipismo o por su belleza). Pero en lo que a mí respecta, lo más subliminalmente dañino para el concepto es que “lo pintoresco” es rancio y anticuado. Pintorescos son, pues, los paisajes que el M.O.P.U. decida que lo sean y todos los temas -paisajes o no- que ilustraban los calendarios de la Unión de Explosivos Riotinto.

Lo pintoresco tiene así una connotación reaccionaria (como de coros y danzas), en definitiva: de mal gusto.

Pintorescos eran los cuadros de encima del sofá de escay que solían regalar las tiendas de muebles cuando se compraba la librería de embero y mueble-bar.

En aquella época, de lo sublime se ocupaban quienes pintaban los cuadros informalistas y abstractos que hoy están en los museos, explicando el sentir verdaderamente artístico de la época.

Hoy día, cuando compramos muebles, también nos ofrecen cuadros para decorar las paredes. Pero éstos, aun siendo tan malos como los de ayer, ya no representan paisajes ni cacerías de ciervos: no representan nada. Suelen ser cuadros abstractos, que hoy nos parecen tan decorativos como les parecieron a nuestros padres aquéllos. Sé que la moda y la decoración son dos enfermedades del arte, y que nada tendrían que ver con él, pero en estos tiempos que corren el viaje de los gustos desde la élite hasta la plebe es cada vez más vertiginoso.

Hay, pues, una opinión generalizada (o un gusto común; tan común, que llega a las tiendas de muebles), y es ésta: los cuadros que representan paisajes son una horterada pasada de moda.

Durante los últimos meses de 2005 he intentado acercarme a la cuestión de lo sublime pintando cuadros que representan paisajes. Lo que no deja de ser una insensatez si lo que se pretende es ser un artista visual (como nos llaman ahora) “enterao” de la tendencia, de lo que se debe discutir plásticamente para ser visible a los ojos de los próceres de las artes. Lo que tendría que haber hecho, para conseguirlo, son unas fotos enormes, y de máxima definición, pegadas sobre una plancha de aluminio. Así me pondrían en alguna colectiva de eso que vienen llamando últimamente “nueva objetividad”, pero no me dado la gana.

Y es que yo nunca he sido un hombre sensato. es más: creo que la sensatez es enemiga de la vida y del arte.

Eso es todo.

Puntos de vista. Pepe Cerdá



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